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lunes, 23 de enero de 2012

CAMINAMOS, LUEGO EXISTIMOS...











Arrancamos con el año una nueva aventura de Rutba, esta vez en calma, sin la habitual malignidad climática que nos acompaña. Hemos variado la ruta inicial hacia Villarrobledo por el camino de Levante hasta Almansa; un giro de 180º que no nos defrauda. Cambiamos San Blas por el Castillo, y el arte de las tinajas por el Centro de Interpretación de la Batalla que en 1707 giró los destinos de Europa y de España.


En éste último nos recibe cordial Herminio, gran conocedor y entusiasta narrador del acontecimiento. Una breve introducción en la pequeña y aprovechada sala del mismo, nos sitúa con precisión en el escenario y el tiempo. Con rigor, vamos conociendo a los contendientes y profundizando en los protagonistas de la historia: Felipe de Anjou, el Archiduque Carlos, el Rey Sol... Alguno de nosotros hace propósito de ahondar en la investigación de vuelta a casa y en todos aumenta el deseo por pisar el terreno del conflicto.


Ya en la campa, revivimos minuciosamente la sucesión de acontecimientos de una batalla que Herminio nos describe breve, de apenas unas pocas horas, y que adivinamos no obstante cruel e intensa. Ilustrados con el mágnifico cuadro de Phillipo Palotta, repasamos la geografía del enfrentamiento, el despliegue de los batallones borbonicos, castellanos y franceses, que pretenden cerrar el corredor hacia la Meseta a las tropas austracistas, inglesas, portuguesas y holandesas, procedentes de Caudete. Imaginamos la descarga de las baterías que a las 3 de la tarde del 25 de abril iniciarían el enfrentamiento desde un molino próximo; a los temibles dragones británicos y la magnífica caballería española. Repasamos las curiosidades del destino: un comendante inglés, el duque de Berwick, manda las tropas francesas; otro francés, Henri de Massue, conde de Galway, las inglesas.


Nuestro cicerone revive las dificultades de organizar y asegurar la manutención del ejército, nos habla de técnicas de batalla y de los topónimos que aún perviven; de la desvandada de las tropas portuguesas y de los noblezuelos que hacen llegar las ordenes decisivas del de Berwick hasta frente, simples y precisas: "girar los batallones centrales 90º para hacer un pasillo letal a las fuerzas del pretendiente". En pocas horas, el fin. De los 40.000 hombres que comenzaron el combate yacen en el campo casi la mitad...


Terminamos con una reflexión conmovedora sobre la inutilidad de la guerra. Comprendemos que el Centro es un puente para la concordia y la reflexión, para la paz y la construcción común. Educar en valores desde las entrañas de la irracionalidad humana.




La excursión termina con una inevitable visita al castillo de la ciudad; que fue de almohades, manueles y pachecos. Se yergue espléndido sobre el valle y conserva una bellísima torre del homenaje con elementos tardogóticos de singular construcción.




Volveremos a Almansa, a seguir aprendiendo de su pasado y de nuestra historia.


martes, 15 de febrero de 2011

RUTBA ON TOUR











Tras el descanso vacacional, nuestro grupo continúa con sus actividades. La diáspora de alguno de sus miembros originales nos condiciona la visita y facilita nuevos horizontes. Vamos a Yeste, a disfrutar de un estupendo fin de semana campestre, un delicioso potaje bochero y de su excepcional patrimonio, del que os dejamos unas muestras a través de nuestras fotografías.

sábado, 16 de enero de 2010

Ternura prehistórica o el valor de lo cotidiano.


Dos de las características más interesantes de la pintura levantina, que la distinguen de las manifestaciones paleolíticas, son la presencia indisimulada de la figura humana como protagonista de muchos de los murales rupestres y el carácter narrativo que estos adquieren. Las composiciones en las que aparece el hombre como elemento intencional son muy variadas y permiten conocer algunos aspectos del modo de vida de la época e incluso la ubicación cronológica de estas pinturas, situadas en el umbral de lo neolítico e incluso más allá.
La caza es la actividad más representada, pero también aparecen escenas de lucha entre distintos bandos, ejecuciones y motivos rituales. Menos numerosas, pero tanto o más interesantes, son las imágenes de la vida cotidiana: recolección de productos silvestres, partos y situaciones familiares. Estas últimas resultan muy atractivas para el análisis de este tipo de comunidades. Las figuras -una de ellas vestida con falda- que se dan la mano en el Abrigo Grande de Minateda (en la imagen) son fiel reflejo de la complejidad de las relaciones sociales que ofrecen las comunidades pospaleolíticas superando una mera dimensión tribal; es además uno de los primeros -y bellísimo- retratos de familia o amistad en la historia, prehistórica, del arte.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Las pinturas rupestres de Minateda














Las pinturas rupestres de Minateda se encuentran ubicadas en un refugio que domina el valle del arroyo de Tobarra y frente al famoso tolmo de Minateda, donde en la actualidad encontramos restos desde época íbera hasta el dominio musulmán.

Las pinturas fueron descubiertas en 1914 por Juan Jiménez Llamas, un buscador de arte rupestre que trabajaba para Henri Breuil, el mayor estudioso de este arte a principios del siglo XX, causando gran impresión tanto por la cantidad de figuras, como por la variedad temática y la diversidad estilística.














Las pinturas se han fechado de una manera amplia entre el inicio del Neolítico hasta llegar comienzos de la Edad del Hierro, por lo que nos movemos en un lapso de tiempo aproximado que va desde el año 6.000 hasta el año 1.000 antes de nuestra Era.

En ellas, se puede apreciar tanto la representación de estilo levantino naturalista, con escenas de caza o representaciones de animales de muy buena calidad, como el estilo esquemático, más geométrico y lineal, en su versión macroesquemática como microesquemática.


















La pintura levantina se caracteriza por aparecer generalmente en abrigos al aire libre o covachas, ciñéndose a la técnica pictórica y abandonando el grabado. Al contrario que ocurre en la escuela hispanofrancesa (Altamira,…) el hombre tiene una gran importancia en la representación, teniendo las escenas un carácter narrativo.














Las figuras se plantean como siluetas planas y sin volumen, perfiladas con trazos finos y rellenas de un único color. La plasmación de animales es naturalista, aunque no detalla órganos ni partes concretas, mientras que la figura humana contrasta por su tendencia a la estilización.

El lugar en que se localizan, orientado al este, por donde sale el sol, nos informa de sus intereses de tipo religioso y cultural. Además el total dominio del valle desde la posición en que se encuentra el refugió no hace incidir en la idea del carácter propiciatorio de las pinturas rupestres.














El friso de Minateda no está completamente restaurado lo que nos permite reflexionar sobre lo delicados que son estos restos y las graves consecuencias que pueden tener nuestras acciones para la conservación de este legado.

Además de todo lo mencionado este abrigo se encuentra a muy poca distancia del nombrado tolmo de Minateda, completando la oferta de este parque arqueológico que, de este modo, abarca un abanico que se inicia en el neolítico con las pinturas rupestres y se cierra con los restos pertenecientes a la dominación musulmana.

lunes, 25 de mayo de 2009

UN DELICIOSO EJEMPLO DEL "CÓMIC" RELIGIOSO EN EL BARROCO POPULAR ESPAÑOL: La Ermita de Belén en Liétor.


El arte barroco es una de las expresiones artísticas más complejas y variadas que existen, fruto de una época, la que transcurre entre los siglos XVII y XVIII, renovadora y convulsa en todos los órdenes, también el cultural.
Así, bajo este concepto entendemos elementos estéticos tan heterogéneos como los que resultan del revisionismo de lo clásico, impuesto por las cortes de papas y monarcas absolutos; la plástica del mercantilismo emergente, asociada a la rica burguesía norteña; o el neopalladianismo colonial del mundo anglosajón. En España, también existe esa divergencia estilística entre un arte oficial, expresión del poder, que traduce en sus palacios y catedrales los modismos importados de Versalles o Roma, y el barroco popular, fruto de la devoción religiosa inspirada por el regeneracionismo contrarreformista.
Son numerosos los ejemplos de esta última forma de entender lo barroco y desgraciadamente no tantas las aportaciones documentales que nos acercan al mundo de la religiosidad cotidiana. Quizá por ello, la puesta en valor de estas obras no haya pasado de una mera clasificación escolástica -preocupada por los principales autores y su influencia- olvidando la producción de artistas y lugares mucho más modestos en los que es fácil confundir tradición e Iglesia, y que abundan, por ello, en la razón de ser última del barroco hispano.
No es del todo el caso de la ermita de Belén en Liétor, declarada monumento histórico-artístico por decreto 893 de 5 de marzo de 1976 y con interesantes estudios realizados por Rubí Sanz y José Sánchez Ferrer, cuya decoración pictórica es una magnífica muestra de lo que decimos. Sobre los muros de una modesta construcción del siglo XVI, en la tradición gótica de las iglesias con arcos diafragma habitual en la sierra albaceteña, se despliega un repertorio plástico epatante, incapaz de dejar indiferente al espectador. Roleos, alfombras, cortinajes y retablos dibujados sirven de marco teatral a un programa iconográfico variadísimo, condicionado por el paisanaje o el culto local y expresado con una ingenuidad consciente, a caballo entre la estampa devocional y el sentido catequético de la imagen barroca. Nos movemos en el terreno de la nueva fiesta religiosa postrentina, en la que adquieren parte sobresaliente y equidistante la escenografía y la imagen, no por ingenuas cargadas de intención simbólica.
El temple alla secca, aplicado en vivos colores sobre las paredes, se despliega rellenando el trazo naif de unos contornos diseñados con anterioridad hasta conseguir plenamente su objetivo: sobrecoger al fiel; atrapado por lo religioso, humilde ante tan exuberante paleta y vivificado por transportarse a un espacio alegórico y paradisíaco al que, sin embargo, se siente próximo y en el que se encuentra reconocido a través de la rusticidad de los personajes y de sus rostros estereotipados y exentos de la más mínima dignidad eclesiástica. Mas al contrario, en su sencillez, expresividad y disposición –cual viñetas de época- encuentra el fiel un credo aprehensible, además del reconocimiento social de sus vecinos.
Mucho se ha discutido sobre el autor o autores de esta decoración, fechada a partir de 1734 y que algunos han relacionado con la firma Vicent que aparece modesta y aislada en algún lugar de la fábrica. Lo cierto es que la homogeneidad de las pinturas apunta a una sola mano y los errores en la interpretación de algunas escenas hagiográficas a un lego. No obstante, el descubrimiento de murales similares en la ermita de la Purísima y en la iglesia del convento franciscano de la cercana localidad de Tobarra, realizadas pocos años antes y en el que tuvimos el privilegio de participar activamente, abre el abanico a nuevas y más complejas interpretaciones.
No es éste el lugar para dichas reflexiones. Nuestro interés se limita aquí a poner en valor los distintos caminos del arte y las curiosas formas que adopta cuando se aleja de los grandes centros de creación y se desvincula de los repertorios áulicos. Liberado de los corsés estilísticos, se muestra cercano, espontáneo y humilde, resultado de lo cotidiano, lo instintivo y lo vital.

Agradecer, como siempre, la amabilidad y atención de D. Francisco Navarro Pretel, y el cariño con el que nos trataron Eli y Rafa, excelentes cicerones de su pueblo.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Amaneció, que no es poco




Después de dos intentos frustrados por la nieve y la lluvia, el sábado 25 nos levantamos temiendo que un día más nos acostaremos sin haber visto Ayna. Sin embargo, para sorpresa de todos, el cielo está despejado.
Los expedicionarios habituales nos encontramos en el parking de la universidad y en dos coches emprendemos la marcha. Ya en Ayna nos reunimos con Monchi, Isabel y Cristina, compañeras por un día, y con Jesús, el encargado de la oficina de turismo, que será nuestro guía.
Tras unos kilómetros en coche iniciamos a pie la ruta que nos llevará por la sierra hasta la Cueva del Niño. Admiramos el paisaje, nos asomamos a los precipicios y con ayuda de Jesús imaginamos cómo fue la vida allí tiempo atrás.

Llegamos a la entrada de la Cueva y ya en la pared exterior encontramos un preludio del interior: una mancha informe que las explicaciones de Jesús y Manuel convierten en nítida figura, muestra del arte levantino.
Almorzamos y nos adentramos linterna en mano en la caverna: observamos en dos paneles el contorno perfecto de varios animales que alguien dibujó miles de años atrás, admiramos lo que podría ser una lámpara paleolítica y escuchamos atentos todo lo que nuestro guía nos cuenta hasta que los flashes y los gritos de un grupo de excursionistas acaban con el sueño. El debate de cultura de masas vs. cultura de élite será el tema de conversación de la sobremesa.

Bajo un sol de justicia deshacemos con la lengua fuera el camino andado hasta llegar a la Cueva y nos despedimos. Quedamos los de siempre.

Ponemos rumbo a Liétor y allí, en La Posada, recuperamos fuerzas para la segunda parte de la excursión. Ya en el café se nos unen Rafa, discípulo de Manuel, y Eli. Gracias a su intermediación, Don Paco nos enseña el Convento de los Carmelitas Descalzos. Lo más sorprendente: las momias expuestas en una cámara subterránea y, sobre todo, el ensayo de órgano. Emocionados, decidimos que vendremos a uno de los cuatro que se celebrarán entre mayo y junio.

Salimos y nos dirigimos a la ermita de Nuestra Señora de Belén, donde Don Paco, solícito, nos guía y descifra durante largo tiempo las pinturas que lo cubren todo.

Es tarde y solo tenemos tiempo para una breve visita a la Iglesia de Santiago Apóstol. Un estilo diferente, nuevas explicaciones y, de nuevo, un órgano. Este del siglo XVIII. Definitivamente, vendremos al ciclo de conciertos.

Cuando salimos a la calle ya son las 19:30 y todavía luce el sol. El día ha sido largo pero fructífero: muchos descubrimientos, buenos momentos y sobre todo… ¡se acabó nuestra mala suerte!

miércoles, 25 de marzo de 2009

VISITA A LAS REALES FÁBRICAS DE RIÓPAR.
















Todo preparado, iniciamos nuestra tercera aventura. Tras una semana, donde el sol y el buen tiempo acompañan, esperamos que así se mantenga. Pero, la meteorología es caprichosa por estas fechas y anuncia para este fin de semana borrasca. Y es que, el mal tiempo se está convirtiendo en nuestro fiel compañero. Con todo, nos disponemos a disfrutar de un fin de semana en pleno corazón de la sierra de Alcaraz, nuestro destino Riópar.
Una primera comitiva marcha para allá el viernes. Manuel y yo decidimos ir el sábado por la mañana. Tomamos carretera y en una hora nos unimos a nuestros compañeros que nos esperan con impaciencia. Un rápido café y comenzamos visitando el Museo de las Reales Fábricas. Allí, Cristina, de la Oficina de Turismo, con amabilidad y disposición, nos guía por un apasionante viaje que nos traslada a finales de siglo XVIII. Por aquel entonces, un ingeniero vienés afincado en Madrid, Juan Jorge Graubner, enterado de la existencia de una mina de calamina en Riópar, mineral del que se obtiene el zinc, se traslada hasta allí para valorar la posibilidad de explotación de la mina. Poco tiempo después, en el año 1772, el rey Carlos III le concede una Real Cédula. Ese mismo año se inician las primeras obras, el proyecto comprendía no solo las obras en las minas y la construcción de los talleres propiamente dichos, sino levantar un pueblo completo dado que por el lugar de ubicación había que construir las casas de operarios y todo lo necesario para el abastecimiento de éstos y de la propia fábrica. En el museo se pueden contemplar los primeros talleres. Allí podemos encontrar una amplia representación del proceso de fabricación de objetos de latón, bronce y cobre, como son los hornos de fundición del metal con sus crisoles, diversos moldes de arena y de coquilla, y una amplia gama de maquinaria para el proceso de conformación, prensas, cortadoras, laminadoras, tornos, fresadoras, pulidoras, muchas de ellas de finales del siglo XIX y principios del XX, que constituían una tecnología puntera en la época. Concluida la visita, dirigimos nuestros pasos hacia la Puerta del Arco, éste fue el primer edificio levantado de este complejo proyecto. En 1792, Eugenio Larruga, enviado por el rey para inspeccionar las instalaciones hace de él la siguiente descripción:
“Plaza espaciosa formada de casas altas para habitaciones principales, con diferentes almacenes para los géneros y metales; el oratorio, y varios talleres para tornear madera, metal y hierro, para los aplanadores de cascarria de latón, para la fabricación de crisoles y retortas, la cárcel, la panadería, pósito de granos, y estanco de tabacos, con una fuente de buen agua, que no necesita de nieve para enfriarla en tiempos de calores”.
Todas estas instalaciones constituían el primer emplazamiento de las Reales Fábricas, denominado San Juan de Alcaraz, ubicadas junto al arroyo Gollizo.
Es momento de marchar, tomamos carretera y nos desplazamos hacia el tercer punto productivo de las fábricas, San Miguel, más conocido como el Laminador. El lugar se ubica en la confluencia del río Mundo con el de la Vega. Es una explanada envuelta en viviendas de una sola planta levantadas para alojar a los trabajadores, y que algunas se han mantenido habitadas hasta hace pocos años. En el margen izquierdo encontramos el taller de laminación que sirvió para la obtención de planchas de cobre. Su vida fue breve pues, en el invierno de 1802, dos años después de su inauguración, la crecida del río Mundo arruinó cuanto encontró a su paso. Las pérdidas fueron tales que jamás volvió a ponerse en marcha y su actividad se trasladó a San Juan.
El tiempo se nos ha echado encima, y el hambre comienza a hacer acto de presencia, es hora de recuperar fuerzas, y así lo hacemos disfrutando de una magnífica comida, y de una amena compañía.
Continuamos nuestra incansable aventura, en Arroyofrío, donde el hipnotizador murmullo de sus aguas y el cautivador paisaje es una delicia para nuestros sentidos, paseo y tranquila conversación. Concluimos el día, en Cotillas, donde visitamos su iglesia de finales de siglo XV, de estilo gótico mudéjar.
Es hora de retirarnos a descansar, nos espera al día siguiente otra nueva jornada.
Se levanta el día con lluvia, parece ser que el tiempo se empeña en no darnos un respiro. Con todo, pertrechados en nuestros chubasqueros, no podemos perdernos un pequeño milagro de la naturaleza, el nacimiento del río Mundo. El lugar es impresionante, donde piedra y agua se unen para ofrecernos un magnífico espectáculo, además el invierno ha sido generoso en lluvias, y el agua fluye abundantemente.
Finalizamos la mañana en Riópar Viejo, en donde pocas viviendas de antaño se mantienen en pie, y muchas casas rurales se han levantado. Visitamos la iglesia del Espíritu Santo, construcción del siglo XV, también de estilo gótico-mudéjar. Formada por una planta rectangular con cinco tramos separados por arcos diafragma La cubierta del templo es una armadura de madera decorada con pinturas de tipo mudéjar. En el exterior destaca una sólida torre, de la que el cuerpo inferior ocupa la capilla de bautismo, así como los contrafuertes. Avanzamos hacia la ladera de la montaña, donde encontramos los restos del Castillo-Fortaleza, de origen islámico, que son compartidos en la actualidad por el cementerio. El Castillo-Fortaleza fue reconstruido en época cristiana, pero hoy en día sólo se conservan restos del lienzo defensivo y algún torreón.
La mañana concluye, es momento del avituallamiento. Manuel nos sorprende con unos ricos gazpachos que no tardamos mucho en devorar. El fin de semana toca a su fin, regresamos hacia Albacete con la sensación de que a finales del siglo XVIII una verdadera revolución industrial llegó a un recóndito pueblo de la Sierra de Alcaraz, llamado Riópar, que marcaría para siempre su historia.




miércoles, 18 de marzo de 2009

domingo, 8 de marzo de 2009

IGLESIAS GÓTICAS EN LA MONTAÑA DE ALCARAZ


La arquitectura gótica ha sido catalogada tradicionalmente como la quintaesencia de la estética de la luz, en relación con los principios constructivos surgidos en la Francia de los Capetos al hilo de la interpretación de los textos de Juan Escoto sobre la delgada línea entre lo material y lo espiritual, inspirados en el Pseudo Dionisio Areopagita, un seguidor de Plotino confundido con el original ateniense quién sabe si por espurios intereses del abad Suger :
Las luces materiales son imágenes de las luces inteligibles y, sobre todo, de la luz verdadera misma.
Quizá por eso, a menudo hemos identificado el edificio gótico con una estructura mayestática y ascensional, donde el volumen espacial se convierte en algo ingrávido y etéreo, gracias a los vitrales que sustituyen los muros de piedra por enormes cortinas de color y luz, convertidas ahora en imagen alegórica de lo sagrado. Es la idea de la catedral epatante, rival de sus vecinas en altura y esplendor, y evidencia última del mayor prestigio y poder de los nuevos burgos a los que sirve de guía y de la sede episcopal a la que representa.
Siendo éste el edificio prístino de la Baja Edad Media, desde luego no es el único, ni en su sentido funcional ni en su tipología. La diversificación de las actividades humanas como consecuencia de la reactivación política y mercantil favoreció el desarrollo de construcciones conforme a las nuevas circunstancias sociales, al tiempo que permitió una simbiosis entre diferentes elementos y modelos constructivos de procedencia diversa y de origen religioso o civil. Hay quien duda, por ello, que todas estas variables puedan estar sujetas a unos mismos principios estilísticos y propone una revisión del viejo y demoledor epíteto vasariano. Pero no es éste el objeto de nuestro comentario… , sino destacar cómo en el ámbito mediterráneo surgieron arquitecturas que sustituyeron el principio ascensional por otro puramente espacial, más acorde con su finalidad práctica pero inspirado también en la filosofía religiosa, en este caso escolástica. Desaparecida la alegoría lumínica, el edificio quedaba reducido a su dimensión natural, el volumen, meridiano y perfecto, racional y aristotélico, aún en sus ejemplos más nimios. El espacio simbólico se transformaba en espacio natural, más próximo a la realidad de los fieles y a la habilidad de los alarifes.
En este contexto se sitúan las denominadas iglesias de arcos diafragma, pequeñas construcciones de cabecera plana y una sola nave con fajones generalmente apuntados, de perfil bajo y correspondencia exterior, sobre los que apea una estructura de madera a doble vertiente y en par hilera. Este sencillo modelo de fábrica pudo tener sus orígenes mucho antes y haberse consolidado a través de la arquitectura cisterciense. En España, muy abundante también en obra civil, parece desarrollarse en Cataluña y Valencia desde donde se trasladaría a nuestras sierras y al Campo de Montiel a mediados del siglo XV. Las parroquias de Villapalacios, Ossa de Montiel, Cotillas o Riópar Viejo, junto a otras ermitas menores en Liétor o Masegoso, responden a estas características, que algunos autores identifican con lo mudéjar por la decoración pictórica de las armaduras o sotocoros. Es curioso observar cómo, dónde hay campanario, a los pies de la iglesia, éste es ya renaciente.


Imagen: Interior de la iglesia del Espíritu Santo. Riópar Viejo. Estaba concluida en 1475; la torre es anterior a 1585. Declarada Bien de Interés Cultural por R.D. 3548/1981 (BOE 24-03-82).

lunes, 23 de febrero de 2009

UNA DONACIÓN


Siguiendo con el tema de las joyas, y la mucha importancia que revestían para el estamento nobiliario, no hemos de dejar aún en tan importante asunto a nuestra familia de los Carrasco y la Condesa de Villaleal. Su influencia no sólo resultaba palpable en La Roda, sino que ya vamos viendo cómo trascendía los límites del concejo, del de Albacete, e incluso sobrepasaba los de la actual provincia de Albacete, como un dia tendremos ocasión de tratar.

Una donación curiosa efectuada por esta familia en Albacete capital es la corona imperial de metal dorado y predrería que luce en muchas ocasiones la patrona de la ciudad, la Virgen de los Llanos, que es la que se aprecia en esta imagen. Suponemos que haría juego con la pequeña corona del Niño Jesús, y tal vez con el rostrillo de la Virgen. La corona, dispuesta con formas vegetales terminadas en un orbe sobre el que se levanta una cruz, se encuentra rodeada por una aureola de gran amplitud. Desde el borde exterior del aro principal parten doce estrellas sobre base calada en forma de S pareadas y enfrentadas, alternadas con ráfagas en cuyo centro se disponen anatistas de color morado en forma de lágrima, que le aportan al conjunto gran vistosidad.

El interior del aro principal se adorna con una especie de puntilla en todo su contorno, mientras que en la superficie frontal de su cenefa puede leerse la siguiente inscripción, una vez separadas las palabras por pequeñas piedras moradas: DADA / POR / LA / EXCELENTISIMA / SEÑORA / CONDESA / DE / VILLALEAL / AÑO / DE / 1860

Esta fecha se correspondería con varias hipótesis: que hubiera sido donada por Dª Francisca de Paula Carrasco y Arce, la hija de la recordada Dª María Joaquina de Arce (fallecida en 1848), y receptora de aquel aderezo de diamantes del que hablabamos en otro capítulo. A pesar de que Dª Francisca de Paula efectuó testamento en 1833 en Murcia (había nacido en 1782), no parece que hubera fallecido por entonces, por lo que efectuaría tal donación con 78 años. En su defecto, y ante la falta de más datos, la condesa de Villaleal donante pudo ser su nieta Enriqueta, hija de Don Joaquín Roca de Togores (hermano de de Don Mariano, Marqués de Molíns) y de Doña Mª Ana Corradini, que por entonces sería muy joven, puesto que había nacido en 1842.

En cualquier caso, se trata de un recuerdo más de esta familia, que aunque acompaña en numerosas ocasiones a la Patrona realzando más su dignidad, resulta muy difícil alcanzar a leer la inscripción y otorgarle de este modo su valor histórico y estético.


jueves, 22 de enero de 2009

LOS RESTOS DE LA CONDESA DE VILLALEAL


Doña Maria Joaquina de Arce y Lara, Condesa viuda de Villaleal desde que falleciera su esposo Don Fernando Carrasco Rocamora en 1807, hizo testamento el 21 de septiembre de 1847 ante el escribano Don Manuel Salvador Víllora, tal y como consta en el Archivo Histórico Provincial de Albacete. Los albaceas representados en el documento fueron su nieto Don Joaquín Roca de Togores y Carrasco, y Don Diego Montoya.

Las disposiciones resultaron ser muy sencillas: quería ser enterrada en el camposanto de Albacete, y que se dijeran por su alma doscientas misas. Dejaba como heredera a su hija Doña María Francisca de Paula Carrasco, esposa de Don Luis Roca de Togores, Conde de Pinohermoso, estipulando como únicas mandas la entrega de 640 reales a cada una de sus tres sirvientas, y de media docena de cubiertos de plata a su albacea de La Roda, Don Andrés García.

Doña María Joaquina falleció el día 1 de junio de 1848, siendo enterrada en el antiguo cementerio de Albacete; este camposanto se situaba en las cercanías de la ermita de San Antonio Abad, y comenzó a utilizarse a partir de 1803, en respuesta a las nuevas ideas ilustradas y modernas con respecto a la higiene municipal. Gracias a ello, a finales del siglo XVIII comenzaron a prohibirse los tradicionales enterramientos en el interior de las iglesias, erigiéndose en consecuencia los cementerios en lugares mucho más adecuados a ello en zonas algo más alejadas del casco urbano.

En el sepulcro de Doña María Joaquina se colocó una losa de mármol de Carrara, sobre la que se labró un bello epitafio de influencia romántica en el que se glosaba sobre sus virtudes. A esta inscripción aludió su nieto Don Mariano Roca de Togores, Marqués de Molíns, en su obra "La Manchega", y el cronista albacetense Don Joaquín Roa y Erostarbe en su obra "Crónica de la Provincia de Albacete", publicada por la impreta Collado en 1891:

"Aquí yace (...) Matrona de Ilustre Cuna, de pronto afable y liberal carácter, de generosidad inagotable, de virtud ejemplar. Hija piadosa hasta la abnegación , esposa fidelísima aun en la viudez. No tuvo hermanos; fuéronlo para ella todos los albacetenses. Dejó una sola hija. Amó como madre a todos los desgraciados (...)".

Cuando en 1879 se inauguró el nuevo y actual cementerio de Albacete, sus descendientes levantaron un panteón en la parte más visible del mismo, junto a la capilla de dicho camposanto, dedicada al Cristo de la Misericordia. De corte neogótico, el pequeño recinto asemeja más a un osario que a un panteón propiamente dicho. Bajo la incripción en la que se lee "Roca de Togores y Carrasco. 1883", se abre la puerta principal, y en el suelo una losa con argollas, a la que se supone fueron trasladados los restos procedentes del antiguo cementerio de comienzos del siglo XIX. Apesar del estado de relativo abandono en el que se encuentra este panteón, aún puede vislumbrarse en el interior la lápida funeraria de Doña María Joaquina, con el epitafio aludido anteriormente.

jueves, 15 de enero de 2009

EL POZO DE NIEVE DE ALBACETE Y LA COFRADÍA DE ÁNIMAS DE LA NOCHE

Aún los más mayores recuerdan cómo en lo alto del antiguo Alto de la Villa o Villacerrada se levantaba un edificio conocido como Pozo de la Nieve, cuya función se basaba en abastecer de este preciado material y de hielo durante el año a la población.

En Albacete capital dicho inmueble era propiedad y se encontraba administrado por la Cofradía de Ánimas de la Noche de la localidad, establecida en la entonces Parroquia de San Juan Bautista al menos en el siglo XVIII, tal y como se expresa en el Libro de Ánimas-Fundaciones- (1742-1786), que se encuentra en el Archivo Histórico Diocesano de Albacete.

La explotación del Pozo de la Nieve se concentraba especialmente durante tres días de enero, y a lo largo de otros tantos meses en los que fuera posible, con el fin de venderla durante los meses de verano (agosto principalmente), en los que era más necesaria a la población. El procedimiento consistía primeramente en la limpieza del pozo con madera; mientras tanto, varias cuadrillas de unos veintiséis hombres paraban en una de las acequias que circulaban en torno a la villa, con el fin de cargar el hielo en galeras y conducirlo al pozo, se supone que envuelto en paja o similar para su conservación durante el trayecto. Ante la posibilidad de que estas galeras fuesen víctimas de robos y saqueos, la cofradía se preocupó de pagar "a los Ministros de la Justicia por el travaxo de enbargar y asistir a que las galeras fuesen a la recolezion de dicho Yelo."

Por esta operación de acarreo y transporte, en 1753 a estos hombres se les abonó un real por carro de hielo extraído, mas "dos dias a real " por el refresco que les dieron; otros dos reales por el porte, "y de diez y seis arrobas de vino que se gastaron con los sacadores acarreadores, y con setenta y dos jornales que se pagaron a dos reales y tres de comida; y de hechar las paradas para enpresar Yelo; y de diez y seis cargas de Atocha que se an gastado hasta oi en dichas paradas y sacar el pozo tres bezes y jornales de los que trabaxaron en ello."

Una vez transportado el hielo, se cortaba con una cuchilla, se descargaba y se echaba al pozo por una puerta, en donde posteriormente se le pisaba "con Mazas y Pisones para su conservazion."

La actividad del Pozo de la Nieve era incesante a mediados del siglo XVIII, pues abastecía a numerosos clientes. En 1750 la cofradía vendió a la villa de Albacete un total 607 arrobas y media de hielo "en el puesto publico al prezio de dos reales la arroba con obligazion de venderla a cuatro maravedis la libra y remunerar su trabajo y mermas al vendedor, con el exceso de ocho cuartos por arroba." Otros de sus clientes habituales eran los frailes del cercano convento de Los Llanos, "para gasto de su Comunidad, Padre Custodio y Difinidores"; la ciudad de Chinchilla, dos reales y tres cuartillos la arroba; y diferentes eclesiásticos a dos reales la libra "para pagarles en celebración de misas de Animas". En 1753 se contabilizaron nada menos que un total de 318 carros de hielo, a tres reales cada uno.

No es de extrañar que la cofradía recogiese unos sustanciosos ingresos en concepto de la explotación del pozo, que lógicamente mermarían en aquellos años en los que los inviernos no bendijeran los campos con la preciada nieve. Esto, unido a los ingresos procedentes de las limosnas en metálico o en especie (cera y fanegas de trigo), configurarían una cofradía con una buena posición económica que le permitiría afrontar aquellos inviernos secos, pero también afrontar el pago de impuestos, como los 100 reales que abonaron en 1752 a Don Manuel Franco, Administrador del Quinto y Millón del Pozos de Nieve. Aun así, y como nota negativa, la cofradía también disponía de dudores en sus listas, que terminaban por empañar sus cuentas. Así, el convento de Los Llanos le debía 600 reales por la nieve en 1753, y la cofradía no la había cobrado "por dezirle la miseria en que se halla dicho Convento al presente."

lunes, 12 de enero de 2009

Año de nieves...


Si hacemos caso al conocido refrán castellano, el 2009 va a ser un buen año a tenor de las copiosas nevadas que ha dejado sobre toda Europa durante sus primeros días. Pero seguro que dudarán de ello los analistas económicos o los nuevos desempleados, y desde luego no pensarán lo mismo los que se han visto retenidos en aeropuertos o carreteras durante interminables horas, ni aquellos que todavía buscan un trozo de madera que prender o una vieja central nuclear que poner en funcionamiento para calentar las estufas más allá del Danubio. Y es que, creo yo, hay dichos populares que ya no lo son tanto o que, cuando menos, han perdido su sentido inicial para encorsetarse en estampas tan bucólicas y efímeras como un muñeco de hielo.
¿Quién salvo un niño o un esquiador compulsivo podría defender actualmente el dichoso refrán? La nieve es incómoda, traicionera y, sobre todo, fría, muy fría...
Por esto último hubo un tiempo en el cual todo tenía sentido. Aquél en que el cristalino elemento era un bien precioso; cuando la tecnología no sabía de neveras, frigoríficos, ni congeladores y el hielo y la sal -nunca hermanados- eran los únicos conservantes naturales de los alimentos. Sabemos que en Mesopotamia se hacía acopio de nieve 3000 años antes de Cristo y que en Grecia y Roma se utilizaba también con fines terapéuticos. En la Península, los musulmanes potenciaron su valor como conservante, refresco y en usos medicinales, y a partir del siglo XVI se convirtió en un deseado objeto mercantil, sometido a las correspondientes cargas impositivas de la Hacienda del nuevo Estado y al que se dedicaron abundantes tratados sobre sus propiedades curativas.
Comenzaron a construirse entonces los pozos de nieve o ventisqueras, donde almacenarla y preservarla del calor. Eran edificaciones de estructura heterogénea, generalmente de planta circular, semienterrados y cubiertos con falsa cúpula, situados en las umbrías de montes y colinas, y orientados al norte. Allí “los neveros” compactaban y apilaban el hielo recogido durante el invierno y los primeros meses de primavera en las cumbres y prados, entre camas de tierra o paja para dividir la carga y aliviaderos de agua para evitar su licuación. La venta solía realizarse en los meses de estío, abasteciendo a poblaciones cercanas y a otras situadas a decenas de kilómetros gracias al transporte que los arrieros realizaban en grandes vasijas o sobre serones de esparto cubiertos de helecho, siempre de noche.
Con la llegada de los Borbones y de las nuevas costumbres y necesidades diociochescas derivadas del aumento de población y el desarrollo comercial, proliferó la construcción de estos edificios en los aledaños de las grandes poblaciones del levante y sur de España y en las principales rutas de comunicación y distribución de alimentos entre el litoral mediterráneo y la capital.
En relación con lo anterior, a 850 metros de altitud y próximo al casco urbano de Alpera –“pueblo por su constitución frío, destemplado y sano”, como se describe en el Diccionario geográfico de Tomás López (1786-89)- se alzó el “Pocico de la Nieve”, extraordinaria muestra –por dimensiones y estado de conservación- de este tipo de fábricas. Una típica construcción de mampostería y ladrillo hundida en el terreno, con instalaciones aledañas para trabajadores más propias de las explotaciones del domestic system protoindustrial que de las producciones artesanales precedentes. Desconocemos la fecha en que fue erigido, bien pudo ser en los últimos años del siglo XVIII o primeros del XIX, pero a tenor de algunas descripciones de época debía encontrarse a pleno rendimiento a finales de éste y comienzos del XX.
Poco después, la democratización del frío industrial desarrollado por Charles Tellier terminaría por arruinar un sufrido negocio hasta entonces rentable. Los últimos bloques de hielo natural se vendieron en la España de la posguerra…



La resolución de 22-10-2008 de la Dirección General de Patrimonio incoa expediente para declarar Bien de Interés Cultural el Pozo de la Nieve de Alpera, con categoría de Sitio Histórico.

domingo, 7 de diciembre de 2008

El acueducto ilustrado




Próximo a la localidad de Albatana, en el paraje conocido como El Molino de Arriba, se levanta un imponente acueducto todavía en uso.
Toma sus aguas de una fuente natural situada a menos de un kilómetro en dirección noroeste, en la linde territorial de los términos municipales de Tobarra y Albatana, que a través de una canalización moderna las dirige hasta el arranque del monumento. Éste, realizado en sillería de arenisca, se extiende en línea recta a lo largo de 389 metros; algo más de la mitad se alzan mediante una arcada escarzana de 61 tramos sobre pilares de sección rectangular que superan los 2,5 metros de altura en su parte final, allí donde se une con el sifón del molino al que daría servicio, erigido en 1742, según inscripción visible hasta hace unos años, y hoy en estado de ruina. En las cercanías de un páramo salobre, rodeado por viñedos, olivares y tierras de labor, aún hoy sobrecoge el monótono ritmo de la arquería modelada caprichosamente por el viento y el pausado discurrir del agua a través de su estrecho cauce hasta estallar en una ceñida y violentísima cascada.
Tradicionalmente y, tal vez, por su notable monumentalidad, se consideró como una obra de ingeniería romana, tesis avalada por el investigador Bernardo Zornoza a partir, sobre todo, de su entorno arqueológico y de los paralelismos con otros molinos hidráulicos estudiados por F. Benoit en Provenza. Según aquél, su uso “exclusivamente industrial” bien pudo relacionarse con la producción de harina para una comarca densamente poblada en las postrimerías del siglo III y durante la primera mitad del IV. Y, ciertamente, parecidas construcciones de explotación se han hallado también en la vecina Jumilla y, mejor documentadas, en áreas muy alejadas del Imperio como el norte de África o Próximo Oriente.
Junto a éste se eleva un segundo acueducto, más burdo, que López y Ortiz denominan “la Calcina Vieja”, por estar realizado de hormigón y considerarlo más antiguo que el primero. Zornoza ya había reparado en el mismo, al que creía posterior en el tiempo debido a lo rudimentario de su construcción y quizá por los acodamientos que describe respecto al trazado axial de aquél.
López y Ortiz redundan nuevamente en aspectos demográficos para datar esta segunda obra en época musulmana, entre los siglos VIII y IX, justificando esta cronología tan concreta por los agrietamientos producidos en la estructura a raíz del terremoto que a principios del siglo X afectó a la comarca. Pero tampoco existen materiales arqueológicos que lo verifiquen y el mortero de cal empleado, que traba una precaria mampostería rehecha en varias ocasiones, sólo indicaría que pudo ser erigido desde el Bajo Imperio en adelante y que debió tener un uso prolongado. La toma oblicua y los acodamientos servirían, según los citados autores, para remansar el agua, por lo que carecería de sentido su servicio a un molino sino, posiblemente, a un batán, cuestión ésta también por confirmar, pues no siendo absolutamente descartable quedarían por resolver algunos problemas logísticos amén de que resulte asimismo muy significativa la ausencia de este tipo de curtidurías en el Repartimiento de tierras del Reino de Murcia tras la Reconquista.
Siendo, como afirman, este caz más antiguo y de origen andalusí, el que nos ocupa se relacionaría por tanto con la fecha inscrita en el molino y no pertenecería a otro anterior de origen romano como apuntaba Zornoza.
Dejando al margen las consideraciones sobre “la Calcina Vieja”, un reciente documento investigado por Francisco Yañez podría arrojar luz sobre el origen del acueducto de Albatana. Se trata de una escritura de obligación firmada el 31 de marzo de 1742 entre los maestros albañiles Juan López y Fulgencio Linares, vecinos de Jumilla y de La Raya de Santiago en Murcia respectivamente, y D. Juan Martín Pacheco, Mayordomo del Marqués de Espinardo, por la que se concierta la construcción de un molino harinero en la “acequia que baja y beneficia la huerta de Albatana (…) en el sitio señalado encima de La Venta” que habría de tener un canal de doscientas varas, es decir, unos 167m. de longitud si hablamos de varas castellanas de la época.
A falta de la confirmación del documento, todo parece apuntar al carácter ilustrado de la obra, encargada de mover la piedra de un molino con el que se abastecería de harina la recién repoblada localidad de Albatana. Las intenciones del Marqués de Espinardo, señor de las tierras, responderían por ello al deseo de renovación económica y agraria impuesto desde la corte borbónica al albur del reformismo neoclásico y el acueducto sería uno más, bellísimo eso sí, de los ejemplos que el siglo de las luces nos ha legado sobre transformación social asociada a la ingeniería de infraestructuras.
Quizá hayamos perdido un ejemplo romano y hallado otro ilustrado; tal vez se desvanezca el misterio romántico de lo pasado, si eso es posible en una arquitectura que, en cualquiera de los casos, supera con creces los... ¡250 años!


NOTA: El acueducto de Albatana fue declarado Bien de Interés Cultural el 28 de diciembre de 1990.